miércoles 1 de septiembre de 2010

Sin título

Suena lejano el oleaje del frío Atlántico de la playa de Conil, apenas un murmullo arrastrando la fina arena como una caricia rota, como un beso que no acaba y se pasea sutilmente por los labios dejándose mecer en el vaiven del deseo consumado. Atrás queda la caída del sol, el atracar de la tarde que decía Neruda, tras el faro de Roche.

El calor no nos abandona, aunque huele a mojado, aunque el aire traiga el sonido de la lejanía de un trueno, sin indicio de relámpago. Me gusta la palabra relámpago, así tan esdrújula ella pareciera que su descarga de luz es más poderosa que la del rayo, palabra tan sosa, tan llana. Más estremecedor que ese rayo, fino haz electrizante que corta el cielo como cristal quebrado. El relámpago es un estallido brutal de luz que osa llegar a tierra, que no duda en fulminarnos y convertirnos en un resto humeante. Sólo ha habido una tormenta de tal calibre, y la presencié con las ventanas cerradas, como me enseñó mi madre.

París aún no es realidad en mi mente, como esa lectura a la que no se termina de coger el hilo, como un mosaico patas arriba. Va y viene errante en el limbo de mi memoria como un acto insconsciente vivido por otra (viendo mi infancia jugar, dejó escrito Felix Francisco Casanova de sí mismo), como el paseo de un sonámbulo en mitad de la noche que se conduce entre pasillos y habitaciones con los pies descalzos, sin sentir el frío del mármol, sin intuir la presencia del gato ni su desconfiada mirada felina ante su presencia fantasma.

Al fin el verano encauza su recta final, que si por mí fuera pasaría como un sprint con récord mundial. La actividad de verano me agota, el calor me agota, Ciudad Real me agota, el exceso de luz me agota... Me agoto en la rutina de un sofá en donde se adivina el hueco.

Pero hoy, uno de septiembre, he reanudado mi trabajo, sin síndrome postvacacional, ¡vive Dios! Además, retorno a lo grande, con 24 horas de corrido... Y mañana Sabina, ese señor que canta tal mal, que hace rimar Praga con bragas y que le gusta a mamá, que dirían mis hijas. Y así, poco a poco, que camine septiembre; que la noche se imponga; que no haya más luz que el mortecino amarillo de las farolas de enfrente; que un libro vuelva a aposentarse en mi mesilla de noche; que una historia vuelva a caer entre mis piernas; que la literatura sea fuente de inspiración; que presienta el frío en la espalda; que sienta que soy nada para después sentirme parte... Y así hasta que el frío me cale los huesos, encoja mis pies y afile los dedos de mis manos hasta escurrir los anillos. Y todo porque llegó el invierno.

Y aseguro que este post iba a ser sobre nutrición y dietética, pero evidentemente no me salió, de ahí que su título sea Sin título, porque nunca hubo voluntad de ser titulado ni escrito, salvo por esa inconsciencia (necesaria rebeldía tal vez) que a veces se impone tecleando a su libre albedrío. La próxima vez encabezaré con algo como Las leches desnatadas, que me vaya dictando coherentes párrafos para evitar elucubraciones de semejante índole en donde debería hablar de grasas saturadas, omega tres, vitaminas liposulobles etc, etc. Otra vez será.

5 comentarios:

Ar Lor dijo...

No hemos perdido el tono después de las vacaciones. La foto de Notre Dame, bajo ese cielo grisáceo, la hace aparecer como un lugar, dónde el misterio, la magia y el milagro, son posibles.

El patio dijo...

Notre Dame es un auténtico espectáculo entrándole por su espalda. Le Sacre Coeur lo es encontrándotelo de frente. La Tour Eiffel imponiéndose desde el Trocadero. El Arco del Triunfo desde la plaza de La Concordia, en donde pareces llegar de dos patadas y se convierte en un horizonte inalcanzable en donde ondea la bandera de Francia como si se encontrase en la cima de una montaña...

Contenedor Amarillo dijo...

En esas carreteras rectas castellanas, por la Soria plana y seca, me cayó encima la más brutal tormenta de rayos, truenos y relámpagos que he sufrido en mi vida. Acojono es decir poco, sin resguardo, en un coche pequeño viendo caer luz contra el suelo como si fueran los dedos huesudos de la bruja del cuento, a dos palmos de la ventanilla.

A todo esto, señora Patio. ¿Pero le ha gustado París o no? Es que yo adoro esa jodida ciudad llena de gabachos. En general me pasa con Francia, que en cuanto puedo, y puedo a menudo porque está a una hora en coche de casa, me piro a estar un rato rodeado de gabachos (de los cojones). Soy un francófilo extraño, como tantas y tantas cosas.


Ah, y deje los omegastres y las leches desnatadas y los sostenes con relleno para otro momento, que se la de mejor escribir y escribir y escribir. Abajo la ciencia, viva la literatura por la literatura!! JAJAJA

El patio dijo...

Dejaré las leches para otro día, sí, aunque lo que son las cosas, en el correo del SESCAM me entra cómo amamantan las mongolas, que ya tiene... Y al personal, una amiga me envía lo nocivo de margarinas y lo saludable de las mantequillas jajjja.
En cuanto a los sotenes, hace tiempo que le tengo calado, estimado cont. Soy una observadora nata, además de que alguien me diese una pista.
Y París me gustó, mucho. Los franceses odian a los españoles, pero a las españolas nos adoran jajajjaja. Resulta difícil creerlo, pero me perdí una tarde, sin móvil, olvidado en el hotel, sin un puñetero duro en el bolsillo y sin plano de la ciudad. Me topé con un señor de setenta y pico años, un locuelo bohemio o sepa dios de dónde se habría escapado, que me besó la mano veinte veces, me dijo que conocía a un Gomez Acebo, que diera recuerdos al Rey de España y que mi nombre era el más bonito del mundo entero. Todo esto en un español casi perfecto y con esa "egue" francesa tan peculiar. Fue mi mejor rato.
Envidio tu suerte, la verdad es que vivir en el centro de la península hace que estés lejos de todo y de nada, aunque a mí la carretera me gusta, no soy perezosa para viajar, aunque sí para hacer y deshacer maletas. Mal asunto ese. Espero volver antes de los sesenta.
¡Y viva la literatura por la literatura!, pero no es necesario que muera la ciencia, hasta en una pipeta hay romanticismo, te lo digo yo.

Galleguiño dijo...

Admito que empiezo a sufrir una seria dependencia de este blog, pero si todos mis vicios me aportaran lo que esta adicción no me importaría ser un jodido yonki toda mi vida.
Para ser sin título, es una exposición increible, señora mía. No tengo palabras para describir la emoción.