Comenzaba hace unos días 'La lluvia amarilla', de Julio Llamazares, lectura que confieso que no he podído terminar, queda a la espera de poder soportar su final sin que los ojos rezumen ese líquido acuoso denominado lágrimas. No se puede escribir sumido en la melancolía (o algo así acabo de leer en la última entrada del náuGrafo, Ea), tampoco se puede leer, afirmo, y la tristeza tampoco es consuelo, nunca lo fue, salvo para los tristes.
Han sido éstos días de abandono frente al calor del hogar de una estufa de leña. Evocación de mi infancia y rincón al que siempre deseo volver, como un requejo inaccesible para los fantasmas del tiempo. El mal tiempo le ha ganado la partida a la fiesta y a esas celebraciones que cada vez tienen menos de religioso y mucho de farándula, no sé muy bien si por un extraño contagio popular con cierto fundamento místico o porque el aburrimiento nos puede en demasía. En una ocasión pregunté a alguien que no comulga con la Iglesia el porqué de su pertenencia a una cofradía. Se encogió de hombros, después dijo: "Apúntate tú también". Hace poco se apuntó a un club de pádel, y me dijo: "Apúntate tú también". Por si queda alguna duda, la fe que profeso me impide apuntarme (pertenecer) a algo sin más razón que una subida de hombros, de ahí que hace tiempo decidiese pisar una iglesia únicamente cuando acompaño a mis muertos. Ah, y no me gusta el pádel.
Pero decía que el plomo del cielo hacía más preciso el vago sentimiento de pérdida, de un cambio irremediable que me acompaña últimamente... Esa terrible sensación de que no hay marcha atrás, de lo inapelable. Y esa angustia, leve pero constante, de no saber concretar qué es, ni cuánto de importante, me provoca desasosiego... Será que las cigüeñas ya no abandonan sus nidos. Será que nada es lo que era, que la pérdida de unos significados no se ven recompensados con las nuevas acepciones. Será que no me gustan las nuevas palabras del diccionario... Será que ya no se le deja una llave al vecino, como ha hecho mi madre toda la vida con su vecina y la vecina con mi madre. Yo conozco a la mía porque es una anciana afable que vino a presentarse el primer día, a ofrecer su sal, sus cebollas o sus patatas si algún día me faltaban en la comida. Será que no necesitamos que nadie nos ayude a achicar agua cuando llueve, como hizo el jueves mi padre con las petras, a las que una tromba de agua les inundó la casa, como siempre que llovía torrencialmente y era mi madre la que alertaba para ir a echar una mano... Así me lo contaba el viernes, con la emoción de haber sobrevivido solidariamente una vez más a sus pequeñas tragedias... Rumiaba, al calor de esa panza ardiente y la voz de mi madre convertida en rumor entre mis marañas, que la palabra vecino había perdido la acepción de persona a la que ayudar y que te ayuda, que al fin Roberto Carlos puede hacer realidad su sueño de su millón de amigos con Facebook (y así más fuerte poder cantar), que nada significa lo mismo ni es lo mismo para nadie.
Decía Séneca que nunca hay viento favorable para el que no sabe hacia donde va, será por eso que es necesario recuperar la fe, creer ciegamente en lo que nos convence, purificarnos y purificar, clarificar lo que nunca debió perder su luz... Y decía Nietzsche que el que tiene un porqué para vivir, puede soportar cualquier cómo... incluso bajo el momentáneo abrazo de la tristeza.
3 comentarios:
El otro día vino un amigo a cenar a mi casa y cuando se acercaba al portal no se acordaba del piso y había olvidado su móvil en casa. Llamó a varios vecinos míos por el telefonillo preguntando donde vivía yo, diciendo mi nombre y apellido, y nadie supo decirle. Luego pensé que yo tampoco me sé el nombre de ningún vecino, y llevamos ya viviendo 4 años en este bloque...qué pena, no?
Hay algo en el libro de Llamazares q se hace pesadete. No obstante, me gusto leer en cierta etapa durillo de mi existencia.
gracias por la cita
¡Ay que... angustiosa andas, niña! ¡Si para angustias basta una sola, mujéeeee! ¿Será que la crisis de la media edad (que en jerga conventual se llama "del demonio meridiano") tiene mucho de cierto?
Ayer andaba yo así también. Tenía que haber ido a tumbarme contigo al calor de la estufa.
Séneca y Nietzche... A éste último lo cambio por Viktor Frankl, porque Viktor sí que hizo real lo de "quien tiene un porqué soporta casi cualquier cómo". El otro lo dijo muy bonito pero, o le faltó el porqué, o le fallaron los cómos.
No hace falta que te diga que tu escrito está MUY BIEN ESCRITO. Pero, por si acaso :)
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