Concluye mayo, un mayo histórico, dicen y digo. Me van a disculpar que yo, que a ratos soy una desilusionada de la vida en general, del ser humano en particular (pero sólo a ratos), no me haya sentido parte de esta historia, al menos hasta hace poco. Tras más de quince días, de la insistencia de la prensa, redes sociales, impresiones de unos y de otros y cientos de imágenes conmovedoras que pasarán a la posteridad (joer, ya tenemos nuestro Mayo, apolítico, acultural y arrealista), no tengo por menos que pararme a pensar, a reflexionar. Pienso en mí, abejita del injusto sistema al que hoy se le planta cara, trabajadora nata desde que tengo uso de razón, sin plantearme entonces que era una niña explotada por otro injusto sistema al que nadie osaba plantar cara, que sin mi trabajo temporal no hubiese podido subsistir económicamente la familia de la que formaba parte, y de cuyo sueldo, actualmente, retienen un 24% de IRPF para la sanidad de todos, la educación de todos, la seguridad de todos, las carreteras de todos, los parques de todos etc, etc... Joer, al sistema le estoy siendo de lo más provechosa, primero explotada y ahora respondiendo al perfil de ciudadana media que todo lo cobra por nómina... He dado dos hijas a este país, pago todos mis impuestos (e infracciones), no fumo, no bebo...¡Coño ya!, estoy pensando que aquí la única con derecho a cacerolada soy yo, nadie con más derecho a quejarse. Eso pensaba al principio, claro... Había tenido también la mala experiencia con una jóvena que, mofándose del sacrificio de mi generación, ella, desde su acomodado sofá de recién licenciada en paro (me juego el cuello que lectora compulsiva de horóscopos), me decía, con el más absoluto desprecio, que ella no había nacido para ir a recolectar fresas, ni uvas, ni ninguna otra cosa, que esos trabajos no la realizaban... A mí sí, joer, sobre todo cuando los riñones parecían partirse al coger a pulso una espuerta de uvas más grande que yo, allá por mis once años, de sol a sol... Al final del día filosofaba sobre lo mucho que me había realizado humanamente la jornada, ¡no te jode! Me imaginaba a esos jóvenes desconformes con el sistema, reclamando una democracia por la que no habían luchado, y a quienes no les faltan cincuenta euros en el bolsillo y vacaciones por Europa pagadas por padres condescendientes. Qué decirles, ¡la indignada era yo! ¿De qué se queja esta gente que no sabe lo que es dar un palo al agua? Me preguntaba...
Después de quince días, de la estoica resistencia del movimiento, de comprobar la heterogénea masa que lo forma: jóvenes, no tan jóvenes, trabajadores, parados, con mayor o menor grado de cultura... en definitiva, una representación de casi toda la sociedad seleccionada al azar, circunstancialmente, impulsivamente, pero movidos todos por un mismo deseo: una sociedad más justa, una democracia realmente real... Lo que todos deseamos. Después de dos semanas tras el 15M, no queda más que rendirse a la evidencia. Llegaron para quedarse, han aguantado, han trabajado, han formulado propuestas, unas más viables que otras, otras totalmente utópicas e inviables propias de quien desea arreglar el mundo regalando piruletas o repartiendo flores... Se les ha comparado con Mayo del 68, áquel partió de jóvenes de la izquierda, y los muros de la ciudad les sirvieron para lanzar sus gritos de protesta. Sus frases y sus reivindicaciones se escribieron en las paredes de todo París, como el nombre Libertad que cantaba Nacha Guevara. Nuestro Mayo se declara apolítico (sí, nuestro, y negarlo o tratarlo con desprecio es una actitud tan necia como la del policía municipal que se mofa de no haber repartido más hostias entre los acampados de Barcelona, en nada se diferencian ambas actitudes), aunque sus propuestas no dejen de ser una manera de hacer política, pero como debe hacerse la política, con consenso de la mayoría y con la aprobación del pueblo, un pueblo al que sutilmente se le ha robado su soberanía, fraguándose un sistema en el que el poder, en todos sus ámbitos, siempre recae en los mismos, en donde el político corrupto encuentra el camino expedito, y en donde las mafias y la corrupción encuentran su paraíso en ayuntamientos y demás instituciones públicas.
En la plaza Mayor todas las tardes hay cacerolada, serán unos cincuenta. Somos unos 70.000 habitantes, si fuésemos un millón (hagan una regla de tres, que yo no tengo ánimos ni calculadora a mano), serían muchas más las sartenes y las cacerolas en esa plaza. También hay propuestas en la línea de Sol, aunque aquí siempre hablan los mismos, los que se han erigido por defecto como portavoces o cabecillas, también hay aplausos, inclusos con paraguas bajo un aguacero propio del trópico... Tal vez va siendo tiempo ya de dejar de hacer ese ruido, de concretar y de encontrar la manera de hacer llegar esas reivindicaciones. Pero de lo que no cabe duda es de que esto no puede dejar a nadie indiferente, tampoco a los políticos de este país.
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