A las siete me ha despertado el ruido de la ducha, además de esa insistente luz matinal que a esas horas se cuela por las rendijas de las persianas. Me he dado media vuelta. El sonido del agua me relaja desde siempre, incluso cuando llueve fuera torrencialmente, el calor de las sábanas también. Apuro una hora más. Me despido de mis compañeros hasta el lunes, ha terminado otra nueva jornada de 24 horas. Me gusta la frescura de las mañanas que anuncian el verano, también su luz, ambas cosas son como una invitación a la vida, como un grato saludo. El cielo nublado, como pronosticó la embarazadísima señorita del tiempo ayer por la noche para todo el fin de semana, cosa que mi proceso alérgico agradece (mi padre está muy descontento con esto de que sea una señorita la del tiempo, de toda la vida ha sido el tío del tiempo, dice él con desconfianza. Cierro paréntesis de digresión). La lluvia siempre es un respiro, un filtro antipolen o un ambientador ecológico, como el barrido de los limpiaparabrisas que devuelve la transparencia al cristal, despejándolo de los restos de vísceras estrelladas de centenares de insectos. Viajo ( y canto) con Lennon, un recopilatorio que le compré a un negro en un bar de la plaza de mi pueblo un sábado del pasado invierno.
He presentado la declaración de la Renta, me sale a devolver una minucia, pero me doy por contenta, la crisis ya nos está quitando a todos bastante y se empeña en no devolvernos nada, ni la ilusión. He guardado veinte minutos de cola para que la señorita de la ventanilla me dijese que debía entregarlo a un asesor de mesa... ¡Joder, no sé, pongan un cartel o algo. Si las multas de tráfico las pago en ventanilla, para una vez que me pagan a mí me hacen dar vueltas!
Llovía a mares al salir, un auténtico aguacero que mantenía a la gente remolona en la puerta de la sucursal y pegadas a las paredes, protegiéndose bajo los salientes. He pensado en crear una página en FB: "Señoras y señores que, llevando paraguas, circulan por donde no llueve". ¡Coño, sálganse fuera, que ustedes van bajo un paraguas y los demás estamos hechos una sopa y, además, corremos el riesgo de perder un ojo! Solidaridad de mierda.
Con la carpeta sobre mi cabeza, en donde resguardaba la copia del Ejemplar para el contribuyente (el programa PADRE debería añadir a continuación de contribuyente algo que reconforte, aunque sea en letra pequeña, por ejemplo: Este país, en este momento, debería estar besándole los pies), he atravasedo corriendillo (ya saben, esa manera de correr que intenta no llamar la atención y que suele quedar un poco ridícula en los señores pero muy coqueta en las señoras) la plaza Cervantes en dirección a la plaza Mayor, buscando el abrigo de los soportales. Ambos, los de la derecha y la izquierda, eran un trasiego de gente, algunos entorpecían haciendo corro alrededor de las ventanas de los bares, café en mano, tras abandonar las terrazas ahora anegadas por el agua y desiertas. Tres tiendas de campaña, de esas que se pliegan en 15 centímetros cúbicos y cuyo mecanismo, al sacarlas, hace que se conviertan en un pequeño refugio, y una improvisada choza, es la representación de ¡DEMOCRACIA REAL YA! en esta ciudad. Unos diez jóvenes permanecen aquí desde el 15 de mayo. Alguno tiene rastas en el pelo, otros tienen media melena y aire desenfadado. Forman corrillos y hablan entre ellos. Un pequeño grupo se ha acompañado de un perro que ahora no veo, al menos una tarde que pasaba por allí creí verlo sentado en un grupo de tres o cuatro, como uno más (lamenté no haber llevado la cámara de fotos para inmortalizar aquella armonía), también portaban una guitarra, supongo que para llenar las horas. Creo haber visto un tablón de anuncios con múltiples carteles, y una mesa. Han fabricado sus propias papeleras con cartelitos para los desechos de distinta naturaleza... Nada se mueve en esta ciudad.
He comprado un paraguas en bolsos Loto, ese pequeño comercio familiar que resiste la competencia del mercado chino, aún me quedaban cosas por hacer y el cielo continuaba obcecado en su blanco rajado. He subido por la calle Toledo en busca de un comercio de electrodomésticos que creía recordar a media altura, al lado de una peluquería. En su lugar me he encontrado un eurochollo. Empiezo a odiar esos comercios, son como la evidencia de una decadente sociedad en donde todo se compra y todo se vende. Contrariada, primero por si era la memoria la que me jugaba una mala pasada, y después decepcionada, al comprobar que se trataba del mismo local en donde hace años compré la lavadora que la obsolencencia programada ha llevado a su muerte definitiva tras varios arreglos en los últimos tres meses, he regresado a casa bajo el paraguas que acababa de comprar y que, inconscientemente, he elegido acorde con los colores que vestía. Aunque la lluvia parecía haber cesado, me he concedido ese placer del solitario paseo, ya sin prisas, bajo un paraguas y sobre adoquines mojados, sorteando con un salto los charcos que se forman bordeando las aceras.
No sé, hoy he tenido sensación de derrota, algo nuevo y poco placentero, semejante al desamparo que sí he sentido alguna vez. Tal vez ha sido el aguacero predicho por la señorita del tiempo y que ha barrido el bullicio matinal de las céntricas calles y plazas de esta ciudad. Tal vez esa tristeza contagiosa de la estatua de Cervantes bajo la lluvia, un Cervantes que parece reclinarse como si estuviese cansado, harto de su pétrea inmovilidad... en fin, no sé.
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