miércoles 25 de mayo de 2011

Etapas

Crecemos (vivimos) abriendo y cerrando etapas, puertas unidireccionales a veces, bidireccionales otras, o vertiginosamente giratorias in extremis, desde la más inconsciente como es la primera infancia, de la que vagos recuerdos se confunden con la ficción o la libre interpretación de lo que nos han contado, de lo que hemos oído hablar a nuestros progenitores sobre nuestros primeros años. De aquella primera etapa creo tener la primera sensación consciente de mi existencia: me recuerdo bajo la sombra de una parra, en un patio empedrado, con un vestido de florecillas amarillas que dejaba mis nalgas al aire, y a mi madre lavando en un pilón que hoy ya no existe. La madre de mi infancia la recuerdo siempre en ese pilón. Tal vez tuviese tres años. Afloran, de allá para cuando, otros recuerdos de mi existencia inconsciente, probablemente ciertos porque me los han relatado cientos de veces con idénticas palabras y sucesión de hechos, de los que me he apropido porque me pertenecen, y a los que igualmente he puesto escenario y caras, como aquella vez que cuentan que me perdí con apenas tres años. Me escabullí a través de la rendija de una puerta entreabierta de la que iba a ser nuestra casa definitiva (la familia cerraba una etapa y abría otra cambiando de barrio y de vecinos) y en la que, parece ser, yo no quería vivir... ¡Ay, los arraigos (ya los arrastraba nada más llegar al mundo)!, siempre un obstáculo ante lo nuevo que se pone en mi camino. Me encontró una mujer tres calles más arriba, una mujer con la que nunca he mediado palabra pero a la que le tenía (tengo) un especial afecto por saberla mi rescatadora y que, años más tarde, casi veinte, viviría el mismo infierno que vivió mi familia en aquel fatídico verano de 1988, en el que cinco jóvenes de la localidad perdían la vida en accidentes de trabajo. Uno de ellos era su hijo. Semanas después sería mi hermano. Hay vidas a las que las casualidades del destino une en suerte o desgracias. El mundo es un azaroso misterio, que diría Paul Auster, y el azar es el dueño inequívoco de esas vidas que a veces se definen por cuestión de segundos, por una arbitraria decisión o por medio metro de distancia.

Pasa esa etapa inconsciente sin que nadie la cierre a sabiendas, simplemente se escapa, se va escurriendo como un líquido viscoso entre los dedos, inevitablemente, hasta que se deja de ser niño, y continuamos con esa otra que podríamos definir como académica, en la que somos conscientes de que hemos crecido en centímetros, y empezamos a sentir esa otra forma de crecer. Y crecemos, nos modelamos, desechamos de aquí, añadimos de allá, nos definimos, empezamos a simpatizar con ideas nuevas, a sentirnos entes independientes, a cuestionar lo que siempre fue así porque sí, a buscar un sitio, a ir cumplir objetivos (subetapas de etapa). Etapa ésta que se caracteriza por la ilusión, por los sueños, por creer que todo es posible, por la temeridad, por el desapego a la vida que paradógicamente nos hace vivirla, amarla, como si fuese el último día... Quien no se haya sentido así es que nunca fue joven. Y la consciencia de que esa etapa concluye, expira, se agota, produce el mismo vacío que la repentina ausencia, o que el final de un viaje en el que fuimos felices.

Y van surgiendo otras etapas, tal vez en el plano laboral, en el personal, posiblemente con el erróneo criterio de que un contrato fijo, o la firma en un juzgado que te une a la vida de otro, es un objetivo cumplido que obliga a dedicación exclusiva, a la renuncia, a hundirse en el mismo sillón del mismo despacho, en el mismo hueco del sofá de la salita de estar frente a un televisor, a irse quemando poco a poco, a fenecer, como la luz trémula de una llama que languidece por falta de oxígeno. Y de repente nos damos cuenta de que hemos dejado de crecer; en centímetros hace la tira de años, incluso hayamos acortado alguno; en experiencias e ilusiones no sabríamos precisar cuándo, de la misma manera que nunca sabremos precisar cuándo nos abandonó la niñez.

¿Y qué nos queda entonces? Dejarse morir sería de necios, abandonarse a la costumbre no es sino claudicar. No nos queda más que generar etapas: ilusiones nuevas, objetivos nuevos, experiencias nuevas que contribuyan a seguir creciendo, sin la premura de quemarlas, sin necesidad de terminar, como un gesto altruista en el que invertir ganas... En definitiva, sentir la vida y hacer por ella, su algarabía o su murmullo, ponerla mirando al frente... y seguir.

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"Escribir es una actividad que parezco
necesitar para sobrevivir. Me siento muy
mal cuando no lo hago. No es que escribir
me produzca un gran placer, pero es
mucho peor cuando no lo hago".
Paul Auster.

1 comentarios:

Galleguiño dijo...

"el azar es el dueño inequívoco de esas vidas que a veces se definen por cuestión de segundos, por una arbitraria decisión o por medio metro de distancia".
Gran verdad.

He disfrutado mucho este texto.
A tus pies.