miércoles 4 de mayo de 2011

Gestación

A las preñadas les gusta hablar de su estado de ensimismamiento. Es la contemplación de la vida desde dentro mientras el resto del mundo sólo aprecia una barriga que va creciendo. Hubo un tiempo en el que desmitifiqué ese estado de gracia, de buena esperanza. Lo odié, vamos. La experiencia personal me hizo destestar esa temporalidad amorfa, de inestabilidad física y emocional. La gente se enteraba de que estabas embarazada y era como si  nos hubiese tocado a todos el Gordo de Navidad: te felicitaban, te mimaban (cederte el paso, el asiento), todo el mundo se interesaba por la fecha del feliz acontecimiento... En fin, que la educación te hacía poner sonrisa, dar explicaciones y ser partícipe de conversaciones que te importaban lo mismo que la reproducción de la lombriz de tierra, pero en el fuero interno estabas deseando de que aquella pesadilla acabase.

Escribo esto y todavía me siento culpable, como en su día me sentía culpable por no vivir, como se supone que debía de hacer una futura madre, la gestación del ser que más llegas a amar en la vida: al hijo, al tuyo, de manera extraordinaria y vivificante. Por el contrario, solo recuerdo las náuseas, los ardores de estómago, la dificultad para atarme los zapatos en la recta final, los horroroso andares de palmípedo como consecuencia de la ciática y las molestias pélvicas, la cara edematosa del último mes (me miraba en el espejo y parecía que toda la vida había sido Fiona) y esa no menos horrorosa ropa de preñada que te convertía en una graciosa elefantita... Las féminas no me digan nada, bastante tengo yo con mi pesar, (y a los hombres no se lo consiento... qué sabrán ellos), pero no supe encontrarle el lado romántico, sólo el de la responsabilidad: me sentía responsable de la vida que llevaba dentro, y estaba deseando de que aquello llegase a su fin para comprobar que el producto venía sin tara. Como decía aquella madre de familia numerosa (siete y paridos en casa): "Nada más nacer quería que me los diesen, y les contaba inmediatamente los dedos de las manos y de los pies. Sólo entonces respiraba tranquila". Esa desproporcionada responsabilidad que la Naturaleza ha puesto en nuestras manos: dar vida (quitarla va al cincuenta por ciento).

Es ahora, desde mi asiento de trabajo, como profesional y como mujer que ha vivido la experiencia, cuando empiezo a sentir ese romanticismo, cuando observo la cara de otra mujer que muestra su felicidad enseñándome la primera ecografía (no recuerdo haber compartido esa ilusión), y mirando las dos ese bosquejo gris y borroso con diminuta forma humana,  la comentamos con el mismo entusiasmo que un par de apasionados del fútbol habrán comentado  la jugada clave del partido de anoche.

Precisamente aquí, en estos pueblos recónditos y agotados por el paso de un tiempo inapelable, como el Ainielle sepultado en el olvido, de Julio Llamazares, es en donde más confrontan la vida y la muerte. Un nonagenario que se va arrastrando los pies, con el mismo silencio con que se apaga una vela que agotó su mecha, al que se llora deprisa porque la vida en la cuidad no puede esperar, al tiempo que una sombra en 3D hace crecer una barriga, acelera la frecuencia cardiaca, dificulta la respiración, curva una espalda recta... Así hasta agotar su mar de 35 grados centígrados y desentrañarse en busca de la luz al final del túnel, en donde le espera su primer hálito de aire frío. El llanto de la vida que vuelve a escucharse entre las sombras recortadas de la noche.

Cuando ese extraordinario hecho acontece, es un motivo de alegría, como si a todos les hubiese nacido un nieto, como si la vida que parecía irse en un pausado adiós, volviese de nuevo a instalarse en las calles, en el pupitre de un viejo colegio medio vacío, entre la orilla del río anegado de zarzas y espinos, entre los montes que fueron su manera de vivir y que en su tiempo recorrían a pie y del que conocían sus más recónditos escondrijos, ahora tan lejanos como inexpugnables, hostiles y culpables de su aislamiento.


1 comentarios:

Galleguiño dijo...

Veo que llego tarde, lo dejé para hoy el comentario y has actualizado.
Cuando viajo, a diario en avión coche o tren, mi trabajo es viajar jejejeje, aunque con pocas cosas gratas de los viajes por placer, atravieso muchos pueblos que se ven a lo lejos y se presiente su vacío. Algunos pueden tener diez vecinos. Por la noche son como un bulto fantasma, sin luces que ilumine el tramo de carretera que los atraviesa, ni las casa a los lados.
Excelente entrada. Ah, y aunque soy hombre me he permitido opinar de lo que sé, que padre no soy ni conozco mujer que haya sido madre por mi, o eso creo jejeje.

A tus pies, señora mía.