Hace unos instantes me he dado cuenta de por qué me gusta la cocina, pero no como a quien le gusta pasear o pintarse las uñas de los pies. Ha sido como san Pablo cuando cayó del burro de una vez por todas, una auténtica conversión. O como a quien le gusta tomarse un whisky un sábado a las nueve, ese momento de placer exclusivo, personal, intransferible... Así se ha revelado esta pasión hasta ahora incomprendida, un gozo inexplicable entre los fogones sin más entender que dejarse llevar simplemente porque te hace sentirte bien, feliz, sin buscar su porqué. Ha sido algo así como ser consciente, de súbito (y cuando sucede es el colmo de la felicidad), de que estás enamorada, hasta las trancas, de quien menos te lo esperas, alguien a quien ves a diario y en quien no reparabas, con quien tan sólo lo pasabas bien con sus ocurrencias o sus chistes, o te encontrabas a gusto sin pensar en más, "Oh, sí, qué simpático que es Andrés", "Hoy ha comentado Andres... ", " Andrés ha llegado tarde a trabajar. Traía su pelo revuelto, cara de niño recién levantado, y me ha saludado con una sonrisa mientras corría deprisa a su oficina...". "Esta noche he soñado con Andrés, qué tontería, jajajja (ríes como una boba), soñar yo con Andrés... Andrés... En fin, Andrés... Vaya... Joder, creo que Andrés es el hombre de mi vida". Pues algo así acaba de acontecer en la cocina hace unos minutos. He llegado a la conclusión de que todo su contexto me fascina, y de que esa maravillosa metamorfosis a la que se asiste es un auténtico orgasmo sensorial, el imperio de los sentidos gastronómicamente hablando: olores que se potencian según cantidades o añadiduras, colores que se transforman... Placeres todos ellos indescriptibles, tan grato e insustituible como ese trago de whisky en solitario, cada sábado a las nueve, sin más perturbación que el tintineo de unos cubitos de hielo.
Bien, tras este momento de debilidad que me ha hecho compartir mis pasiones una vez más, y con el Barça ya clasificado para la Champions o lo que sea, os dejo aquí una estupenda receta para tiempos de crisis. A los amantes de los olores y sabores fuertes y particulares como son los de los hígados, en su amplia variedad, aseguro que la dificultad es mínima, la elaboración e ingredientes sencillos y el resultado es una salsa de las de mojar y chuparse los dedos.
Higaditos de pollo en salsa de Cabañeros (nombre que me acabo de inventar)
Ingredientes para dos personas:
- 250 gr de hígados de pollo.
- Una pechuga de pollo deshuesada.
- Taquitos de jamón serrano.
- Una cebolla tierna.
- Dos huevos cocidos.
- Romero.
- Perejil.
- Aceite de oliva.
- Caldo de ave o, en su defecto, media pastilla de Avecrem.
- Medio vaso de vino blanco.
Troceamos los higaditos y la pechuga en trozos pequeños (la transformación del color rojo oscuro del higado y el pálido de la carne del pollo en un marrón tostado y el dorado es un gran espectáculo que requiere paciencia y acierto). Se trocea menuda la cebolla y se pone a sofreír en una base de aceite de oliva. Una vez pochada, se añade la pechuga y los higaditos.
Cuando adquieran el color de la fritura casi en su punto, se añaden los taquitos de jamón en último lugar, así impedimos que se frían demasiado y queden duros por el efecto de la sal. Espolvoreamos romero al gusto (generoso), un poquito de perejil y pimienta molida. Tras un par de minutos de fritura, en donde el aroma a romero y a monte nos invade, se añade medio vaso de vino y se cubre de caldo de ave, o bien con agua y se añade la pastilla de Avecrem. Hay que tener especial cuidado con la sal, porque el jamón potencia su efecto al igual que la pastilla.
Cuando el caldo se reduce, los huevos duros que teníamos reservados se cuartean y se añaden al resultado final, dejando dar un último hervor. Aseguro que el resultado es exquisito y el gasto en tiemo y dinero ha sido mínimo. Pueden acompañarlo con patatas fritas como guarnición y un gazpachito de primero.
Que ustedes lo coman bien.
2 comentarios:
el otro dia comí higatidos de pollo. Muy ricos y baratos, dos euros el kilo!!
Buena pinta la receta, aunque mejor sin ese huevaco duro, en mi opinión.
No eran huevacos, eran huevecillos, y te aseguro que le dan un toque sabroso al conjunto, pero si no gustan los huevecillos se puede prescindir de ellos al antojo. Este arte es así de flexible, de ahí esa susceptibilidad a ser tan creativo. Todo a gusto del consumidor, salvando los ingredientes principales... El toque personal que se llama.
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