miércoles 18 de mayo de 2011

Media tarde en Madrid

A las 15.30 h. asomaba al cielo nublado de Madrid, un Madrid bochornoso en un 17 de mayo febril, como todos los días de mi mayo desde que hace veintitantos años me acudiese esa enfermedad de principios del siglo XX, que hacía su aparición en el Reino Unido al tiempo que la revolución industrial y los primeros indicios de polución ambiental: la famosa fiebre del heno allá por sus orígenes, alergias medioambientales en general con el paso del siglo.

No me resulta grata Madrid de diario. A quienes estamos acostumbrados a correr por voluntad propia no nos gusta que nos obligue a hacerlo un interminable paso de peatones, con un parpadeante verde en los dos últimos metros mientras rugen los motores embragados y con un pie en el acelerador como amenaza, con impaciencia. Madrid no es ciudad para viejos.

Había quedado a las 18 horas en una cafetería cercana a la Biblioteca Nacional y había olvidado la lectura de bolsillo en la mesa de un salón que ahora se me antojaba en otro planeta, por si tocaba hacer hora.
Platón y el mundo de sus Ideas es lo más parecido a internet y los enter virtuales. El intangible ente virtual; el que imaginamos, y el ente sensible: el que duerme, come, trabaja, ama, ríe... Un extraño paralelismo que en un momento determinado converge. La Idea preconcebida choca con la realidad, después todo es un irse acomodando como la retina a la luz.

Asomé, fisgoneando a través de una cortina, a ese mundo cultureta de la capital, tal vez en busca de un estímulo, de una motivación necesaria que suponga un empujón al ánimo de continuar escribiendo, de darle alas a esa otra vida, esa ilusión que palpita ahora tímidamente, otras de manera irrefrenable, de invención y creación de otras vidas que se empeñan en contar algo. Tan perdida como Gil, ese guionista californiano cuyas aspiraciones literarias están aletargadas por una vida aburguesada y que Allen retrata en su nueva película, quise ver en ese testimonio de la buena salud de la que goza nuestra literatura, que todo es posible. "Quien no inventa no vive", ha dicho Ana Mª Matute.

Hubo un momento, único e insólito, en el que me sentí la intrusa invisible: todos eran  objeto de mi examen sin que nadie reparase en mi presencia. Espectadora de excepción con el privilegio de no ser objeto de análisis por parte de nadie.

El acto terminó con la recepción de un vino, saludos, felicitaciones, impresiones, alguna palabra hueca y alguna apreciación infundada sobre mis orígenes navarros por una piel excesivamente blanca y pecosa y el pelirrojo maravilloso que me consigue Javier Mirón.

Salía el último tren que ponía fin a mi aventura cosmopolita, a la media tarde de Madrid que ahora se dejaba envolver por la mortecina luz crepuscular. Me despedí de los asistentes con la promesa (la esperanza) de volver, como cada noche Gil buscaba ese rincón de París en donde aparecía ese coche que lo transportaba a aquella época dorada, mitificada, de los años veinte y que lo llenaba de entusiasmo.

A las 23.15 h. asomaba al oscuro cielo de mi sosegada Ciudad Real. Percibí el olor a húmedo y el brillo opaco de las luces sobre el asfalto encharcado por una increíble tormenta que había cesado hacía escasos minutos. Corrí hasta el ahora lugar abandonado donde dejé aparcado el coche hacía un siglo, en la tarde...
Hasta aquí la crónica de una emoción. La crónica periodística se la dejo a otros.

6 comentarios:

Javier Ancín dijo...

Yo viví tres años en Madrid y no vi ni la cortina que había que retirar para ver algo del panorama cultureta.

Me gusta Madrid, pero a mi aire, como casi todo.

el náuGrafo dijo...

Fue una hermosa media tarde.

; )

El patio dijo...

Las grandes ciudades, ahora que nos movemos y tenemos oportunidad de irlas conociendo, son para acotar el tiempo de estancia (días,semanas, meses), teniendo la certeza de que no son definitivas. Arribar en ellas para partir con lo mejor de ellas.
A mí me producen extrañas sensaciones de agorafobia y claustrofobia a un tiempo, vamos, que nada más entrar en ellas ya estoy buscando la salida de emergencia, por si acaso.

Una hermosísima media tarde, a pesar del aire acondicionado.

Galleguiño dijo...

Las grandes capitales tienen sus rincones de encanto. Hay que dar con ellos.
Esas escapadas para alimentar lo que a uno le entusiasma son tan placenteras como esa última calada al cigarrillo cuando quieres dejar de fumar y lo haces con el ansia de que será la última, pero no, luego repites y te vuelve a sentar igual de bien jejeje

Es que estoy intentando dejar de fumar.

A tus pies, como siempre.

El patio dijo...

Ánimo en la intención y el empeño, pues (dejar de fumar).
Saludos.

Gorka dijo...

Lo que más ilusión me ha hecho es volver a ver (leer) a Cont...

Saludics majos