La relojería RAFER es atípica. Lejos de esos escaparates iluminados, relucientes (en donde sí es oro todo cuanto reluce) y con el reclamo de la foto del famosete mostrando su Viceroy y demás abalorios de la marca, RAFER es una relojería de escaparate humilde que pasa desapercibida en una de las calles peatonales adyacentes a la plaza Mayor. Es allí donde me gusta cambiar la pila de mi reloj cuando se agota. Ahora un Time Force pequeñito, rectangular (le tengo especial manía a los relojes cuadrados y tan grandes que se asemejan a grilletes de guerreras virtuales), coquetuelo, que me autorregalé hará unos ocho años. Es el tercero de mi vida, el primero me lo compró mi madre cuando consideró que ya se era lo suficientemente mayor como para tener conciencia del Tiempo, que a la postre es tener conciencia de la vida... Tendría unos once cuando todo dejó de ser atemporal. Era un Citizen. Su forma era hexagonal. Me acompañó casi tres lustro, era de los que cada 24 horas agotaba su cuerda y había que darle vueltas a su cabezal para evitar que se detuviese. Tomé la misma costumbre que mi padre: siempre tras la cena y justo cuando me iba a dormir, me sentaba unos segundos en el borde de la cama y le daba cuerda. Terminaba convirtiéndose en un acto inconsciente pero ineludible, ni la alteración de la rutina provocaba el olvido. Era el ritual de la hora, de impedir que el tiempo se detenga, tal vez porque en nuestro fuero interno sabemos que cuando el tiempo se detiene ya no hay marcha atrás. El tiempo sólo se detiene para los muertos.
Luego tuve otro más moderno, de los que decían que funcionaban sólo con el movimiento de la muñeca (y del resto del cuerpo, digo yo) del que no recuerdo su marca ni tampoco especialmente sus características, tal vez porque comparativamente nuestra relación fue efímera. Tan sólo recuerdo que era circular, dorado y las horas venían marcadas por sus números: 1, 2, 3, 4... 12. Todos mis relojes tienen tres agujas: minutero, segundero y ¿cómo se denominará la que marca la hora?, duda que me acaba de abordar y que no tengo ganas de investigar. No me gustan los relojes sin segundero y aborrezco los digitales.
El que tengo ahora, un Time Force coquetuelo (ya digo), alargado y estrecho como el diámetro de mi muñeca, lleva días con un retraso de quince minutos. Eso para alguien a quien no le gusta llegar tarde a ningún sitio ya es una eternidad, que no por caer en falta, sino porque la puntualidad es una virtud que agradece quien le toca esperar. La paciencia también es una gran virtud, por cierto.
Sé que por insignificantes euros obtendría uno en cualquier bazar, y por algunos más me haría hasta con esos que más que un reloj cumple la función de abalorio, pero he preferido darle otra oportunidad, al viejo Time Force y a la profesión de relojero, ambos en el punto de mira de la obsolescencia programada que devora los apegos. Profesión en desuso la de relojero, y conservadora costumbre la mía, la de no tirar el reloj a la basura por desfase de diseño, por aburrimiento o porque ya no mola... Y allí estaba el que siempre he creído que se llama Rafael Fernández (RAFER), pero vaya usted a saber... Cuando he entrado en su humilde habitáculo, su pequeña guarida en la que aprovecha el hueco de una estrecha escalera como taller, estaba sentado como siempre, tras una mesa que solo deja ver su cabeza, con su lupa adosada a la lente derecha de sus gafas y sus manos manejando diminutas pinzas que sostenían aún más diminutas piezas que depositaba dentro de un destripado reloj con idéntica precisión que un cirujano en una minuciosa disección de tejidos. Introducía un minúsculo pincel en un tarrito de cristal de paté Casa Tarradellas, en donde parece haber una especie de aceite o grasa específica para tan sutil maquinaria. Diseccionando el tiempo, desparramado sobre un tapete, inhabilitado, inexistente hasta que su delicada maquinaría, recompuesta por unas manos pacientes y precisas, vuelve a marcarnos cada minuto con total exactitud.
Él abandona la tarea, se despoja de la lupa que cubre una de sus lentes y me atiende cortesmente. Allí lo he dejado, en manos de Rafael, que en un primer golpe de lupa me ha dicho que tal vez esté sucio y necesita un engrase... los años que no perdonan, pero nada grave, al parecer.
8 comentarios:
Yo ya decía que esa relojería era arrealista antes de que Laporte acuñara el palabro.
No quería volver a hacer uso del término arrealismo, pero es la palabra que la define, a ella y a ese hombre tan seco y parco en palabras en el que nunca vas a ver asomo de emociones por ninguna parte. Además, cuando la descubrí me pareció un hombre de unos cuarenta y tantos, tal vez cercano a los cincuenta... Casi quince años después me sigue pareciendo un hombre de unos cuarenta y tantos, casi rondando a los cincuenta. Extraño.
El reloj es algo que nos define si lo llevas como si no, lo dice el anuncio: no es lo que valgo, es lo que soy jejej
A tus pies.
Todo cuanto nos ponemos encima nos define.
"No es lo que tengo, es lo que soy".
;)
Blogger ha borrado los cuatro comentarios que había en esta entrada. Perdón a quienes se habían molestado en entrar y opinar: Patri y Galleguiño.
Estos de blogger... sólo le buscan a una malos rollos.
yo no había escrito antes porque sabía que se me iba a borrar el comentario jejej
La manecilla de las horas creo que le llaman "horaria" u "horario", pero no toy seguro.
A mí mencantan los relojes, pero nunca me gastaría mucho dinero en uno.
Espero que se recupere...
Cómo escribes puñetera...
Saludics car maja
Amiga Señora Doña El Patio,
Muy interesantes esas turbulencias históricas referidas a los tres relojes de su vida, y la entrañable anécdota de llevar el último al relojero para que lo repare, o lo limpie.
A mí, de los relojes, lo que más me gusta es que me los regalen: el mejor que tengo, porque los colecciono, es uno que me regaló la mujer que me soporta y que le costó más de 300 €. A eso sí que se le puede llamar Amor.
Le envío un afectuoso saludo, al aparecer nuevamente por su Patio, tras una breve ausencia, como si del Guadiana se tratase.
Antonio Martín Ortiz
¡Anda, Blogger ha devuelto los cuatro comentarios! Así me gusta, a cada uno lo suyo, leñe!!
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