Los hombres buenos no necesitan grandilocuencias para ser definidos. Tampoco necesitan publicidad. Su manera de estar en el mundo habla por sí sola, pero a veces es necesario señalarlos para que se sepa dónde están, qué hacen, por qué lo hacen.
Conocí a Alejandro Fernández Barrajón cuando yo era una niña y él un adolescente, ambos de humildes familias de un pueblo perdido de la Mancha, en aquel tiempo no muy lejano en el que era difícil completar el ciclo de la EBG e ir más allá de las eras era una lejana realidad si el fin no estaba en correr tras una pelota desinflada. Para la mayoría, un sueño imposible. Corrían finales de los setenta, en puertas estaban aquellos ochenta en los que, como dice Muñoz Molina, "de la noche a la mañana nos hicimos modernos y amnésicos y el gobierno nos decía que España estaba de moda en el mundo, y Tierno Galván -¡Tierno Galván!- empezó la demagogia del político campechano y majete proclamando en las fiestas de San Isidro de Madrid aquello de “¡ El que no esté colocao que se coloque, y al loro!"", aunque todo aquello nos pasaba de largo, porque para nuestras generaciones colocarse significaba tomar sitio o corregir una mala postura. Pero ya por entonces, Alejandro prometía. Su fama de niño inteligente y carismático era conocida. De aquel primer encuentro, en el que fui presentada por uno de sus hermanos pequeños como una compañera de escuela, recuerdo una voz cálida, su sonrisa y sus vivarachos ojos chispeantes, rasgos que lo siguen acompañando hoy y que el tiempo no ha conseguido enturbiar.
Pasaron los años y Alejandro era conocido en su (nuestro) pueblo natal por ser un joven religioso mercedario que a muy temprana edad encontró el reconocimiento de todos. Un joven luchador, entregado y cuyo carisma había trascendido. Volvimos a coincidir, ya no como la compañera de escuela de su hermano pequeño sino como la hermana de una mujer, religiosa como él, que comulgaba con su manera de ver el mundo y la vida que habían abrazado. Para ambos, dos personas jóvenes que habían consagrado su vida a la vocación religiosa, la necesidad de modernización, de una nueva evangelización a la medida del hombre de hoy y a través de los instrumentos de hoy y la necesidad del consenso y el respeto mutuo entre quienes creen y no creen eran las bases fundamentales de su esfuerzo y su dedicación.
Alguna mañana de domingo de más de un verano hemos tomado una cerveza hablando de esto y de aquello, admirándome de esa paz que transmiten los hombres justos. Los justos no necesitan gritar para decir sus verdades, y las verdades no necesitan argumentarse cuando es evidente la coherencia. Alejandro es una verdad en sí mismo y su manera de vivir la verdad, la Fe y su concepto de la caridad, le confiere ese halo de hombre de bien.
Hay líderes que solo saben levantar polvo, pero hay hombres que arrastran a otros hombres tan solo con su ejemplo. Alejandro empezó a ser un ejemplo para muchos que como él habían sentido la llamada, la necesidad de vivir la vida desde la Fe, la difícil tarea de Creer en este recio mundo de incrédulos, o de crédulos de otro tipo de ideologías reñidas con cualquier fe en minúscula. Mejor no creer en nada, así nos ahorramos el compromiso. A Alejandro no le han faltado detractores dentro de su propia comunidad, pero no le ha temblado la voz contra esas jerarquías obsoletas que no dudan en aferrarse al poder, que mantienen ciertos oscurantismos y que pretenden imponerse olvidándose de su compromiso con la sociedad. No ha dudado en defender a los homosexuales del ataque de su institución, no ha retrocedido ante afirmaciones con respecto a las leyes del aborto o del uso de la píldora poscoital. Ante todo, Alejandro ha defendido la vida, pero ante todo también la libertad y la decisión de la mayoría. "No hay que imponerse, hay que dialogar". Viviendo en sus propias carnes una particular caza de brujas por parte de algunos superiores y jerarquías ajenas a las órdenes religiosas, Alejandro trabajó en sus años de presidente de la CONFER bajo la máxima de san Agustín: "En lo esencial, unidad; en lo dudoso, libertad; en todo, caridad".
Hace dos años abandonó su puesto, tal vez presiones, tal vez tocaba ya dejar paso a otras generaciones... Alejandro hoy vive una situación más difícil, un pulso con la vida. Intervenido hace unos día de un tumor cerebral, no puedo evitar acordarme de su vitalidad, de su manera de encontrar felicidad en las pequeñas cosas, de no dar nada por perdido, de su lucha por conciliar y consensuar, del respeto por la libertad y la opinión de todos, en definitiva, de su entrega y su amor a la vida, ésa que ahora parece estar en juego. Es por eso que hoy he sentido la necesidad de brindarle un homenaje, como si supiera que desde aquí se aúnan las fuerzas necesarias y el ánimo que necesita para salir, como ese presentimiento que a veces nos asalta y que nos convence de que no estamos solos, de que alguien en alguna parte nos desea la mejor de las suertes, el cálido abrazo de sabernos queridos en la distancia por quien ni siquiera imaginamos que piensa en nosotros... Pues sí, desde que supe de la noticia no he dejado de pensar en Barrajón, ese hombre bueno, vaya desde aquí mi abrazo y mis mejores deseos.

5 comentarios:
El ejemplo que nosa acabas de transmitir es magnífico. Me gusta mucho ese modo de hablar "un hombre bueno". Va siendo hora de que a los hombres buenos se les quiera, se les entienda se les valore. Buena falta nos hacen. Un abrazo y gracias por contarnos lo de Alejandro Fernández Barrajón.
Gracias a ti, Fernando, por valorarlo. A veces se tiene la necesidad de hacer justicia con quien verdaderamente sabemos que su esfuerzo y su vida lo merecen, sea de la ideología que sea, tenga las creencias que tenga... En todas partes hay hombres justos y gente buena. De vez en cuando es necesario dejar el rastro de su testimonio. Alejandro lo merece.
Abrazos.
Car, que post muy conmovedor. Le deseo al Sr. Barrajón una pronta mejoría.
Muy requetebonito todo lo que dices y cómo lo dices.
Mi cercanía también hacia este hombre bueno...
Hola, he estado desaparecida, precisamente, por cuidar y poder estar cerca de otro hombre bueno, que ya nos ha dejado. No sé, aprovecha todo el tiempo que puedas para estar con este amigo tuyo y espero que sea por muchos años.
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